Somos novios

Fernando Mires/@fernandomiresOl

 

Somos novios/ pues los dos sentimos nuestro amor profundo/ y con eso ya ganamos lo más grande de este mundo/ nos besamos/ somos novios/ nos deseamos/ y hasta a veces, sin motivo, sin razón nos enojamos/ Somos novios/ mantenemos un cariño limpio y puro/ Somos novios/ como todos/ procuramos el momento más oscuro/ para hablarnos/ para darnos el más dulce de los besos/ recordar de qué color son los cerezos/ sin hacer más comentario/ Somos novios

Ser novios es una de las condiciones preliminares en las historias de amor. El noviazgo es, probablemente, la tercera marca histórica en el desarrollo de esa historia. Antes que el noviazgo está el encuentro; después del encuentro viene la revelación.
El encuentro surge de la búsqueda de sí mismo en el otro de tal modo que cada encuentro es también un hallazgo. Podría decirse que el deseo del otro -que es siempre un deseo en sí y de sí mismo- va acompañado de un pre-sentimiento que es, como la palabra lo indica, el deseo todavía no realizado.
De alguna manera el órgano corporal actúa antes de que aparezca la luz de la revelación como una suerte del radar del alma. No sin razón Walter Benjamin escribía desde el fondo de su perspectiva judía: „El cuerpo es un instrumento moral. Él ha sido creado para el cumplimiento de los mandamientos” (1991, p.82). Desde una perspectiva laica, eso quiere decir también: el alma a través de su objeto que es el cuerpo del deseo busca a otra alma en el otro cuerpo del deseo. Cuando la encuentra, o por lo menos, cuando cree encontrarla, surge la llama, la llama que quema, la misma que arde como una zarza en el desierto de cada uno y que lleva a decir, en un momento determinado, “te amo”, palabras mágicas que si son respondidas con un “yo también a ti”, tiembla la tierra, estalla el sol, vibra el universo en cada piel, acerca las bocas y las lenguas y como buzos enloquecidos, iniciamos ese viaje que a veces no tiene regreso y cuyo destino es el océano infinito que tan sólo anuncia el ser amado. O dicho por Armando Manzanero: Somos novios, pues los dos sentimos ese amor profundo, y con eso ganamos lo más grande de este mundo.
Lo más grande de este mundo puede que no esté en este mundo. De ahí viene la cercanía del amor con la muerte; tema que muy a nuestro pesar también abordaremos ya que los boleros, al ocuparse del amor, también se han ocupado de la muerte.
Decidir ser novios es una marca indeleble en la historia del amor. Una marca es un capítulo si la historia del amor es escrita, o es un momento inolvidable si la historia es mantenida en una condición ágrafa. También, ya ha sido dicho, es una decisión individual. Decidimos sobre la base de la revelación si aquello que hemos reconocido con las palabras lo aceptaremos, no sólo frente a nosotros sino también frente a los demás. Es el reconocimiento, en fin, de que el amor debe ser, digámoslo así, “puesto en forma”. El noviazgo es, por lo tanto, una puesta en forma del amor, y como forma es formalizado de acuerdo a los usos y costumbres que imperan en el lugar desde donde ha surgido. Y el noviazgo, al ser forma, sigue también un rito, y como rito que es, precisa de un ritual para que sea reconocido como forma. Dicha forma no sólo es la forma de un amor sino, además, una forma histórica asumida por todos los novios que pertenecen a un determinado lugar o a una determinada tradición. De ahí que las formas “históricas” que asume el noviazgo sean múltiples.
En el noviazgo se unen la tradición, la religión y la cultura de dos seres que han decidido continuar la historia, tanto la de ellos mismos como la de las tradiciones a las que ambos pertenecen. A través de cada noviazgo, la comunidad busca su perpetuación ya que el noviazgo –si no la antesala, o la víspera, o el preámbulo- es, por lo menos, la posibilidad de la unión matrimonial en el marco de una o más tradiciones históricas. En cada noviazgo hay no sólo un tú y un yo sino también la potencia envolvente de un Somos. Por supuesto, un noviazgo puede también romper con una tradición, pero aún para romper con las tradiciones son necesarias las tradiciones.
En cualquier caso cada decisión implica una alta cuota de racionalidad pues siempre decidimos por lo menos entre dos posibilidades. Decidir es elegir, y no hay nada más racional que el acto de elección, sea éste político o personal. De ahí que en muchos lugares el nombre de la novia sea “la elegida” y el del novio “el elegido”. Las posibilidades de elección varían, por cierto, de individuo a individuo. Hay algunos que deben elegir entre muchas posibilidades y hay otros que sólo deben conformarse con lo que la suerte les ha deparado. No siempre son estos últimos los más infelices. Elegir implica también perder algo de tal modo que cuando uno elige a alguien suele perder a otro alguien, o por lo menos su posibilidad.
Lo cierto es que si en la elección aquello que se pierde es más valioso que lo que se ha obtenido, o como se dice, se “hace una mala elección”, puede ser el inicio de grandes desgracias, las que han sido documentadas por novelas, óperas, tragicomedias, culebrones, poemas y boleros. De esas malas elecciones ha vivido casi toda la literatura mundial. Lo importante por el momento es consignar que el noviazgo es la puesta en forma de una relación de amor a partir de la elección que hacen dos seres que se suponen independientes y soberanos y que actúan frente a sí mismos pero también en nombre de la comunidad a la que pertenecen directa o indirectamente.
A muchos románticos no gustará, creo yo, la afirmación relativa a que el noviazgo no sólo es un hecho personal, sino también cultural. Hegel (1978), en su época romántica, afirmaba que la relación de amor que lleva a la familia es la consumación de la naturaleza humana en todo su esplendor. No obstante, el hecho de que sea personal y al mismo tiempo cultural, no debe verse como contradicción. Como los seres humanos tenemos una naturaleza precaria, nos hemos visto obligados a inventar formas que regulen nuestras relaciones entre nosotros y con los demás. De ahí han surgido las comunidades y los pueblos, unidades que se afirman en el tiempo a través de usos culturales.
Elegimos el amor dentro del espacio al que pertenecemos. Y, sin embargo, ese acto de elección que lleva al noviazgo, es profundamente personal, individual, y cada vez que ocurre, es único en su unicidad. Porque cuando somos novios, somos novios de una sola persona, nada más que de una, y de nadie más. La comunidad y la individualidad se juntan a través del “somos novios” y el antagonismo entre lo uno y lo otro es disuelto a través de las formas rituales que cubren y protegen el amor de a dos. En ese punto, creo que Hegel estará de acuerdo conmigo.
Debo decir por último que no estoy seguro si hay especies extrahumanas que no conocen el noviazgo como forma ritual. El vuelo sexual de las mariposas, que es una suerte de noviazgo, está dotado de tan complejo erotismo, que el humano nunca logrará igualarlo. Pienso también en los gansos, especies que, al igual que los griegos antiguos logran diferenciar con mucha sutileza el amor de novios y la simple sexualidad reproductiva. Según constata Konrad Lorenz (2000, pp.162-207) los gansos, aunque no tienen espíritu, conocen el amor espiritual que, se supone, anida en cada noviazgo. Los gansos, como es sabido, se unen en parejas. Pero no sólo se trata de parejas sexuales sino también líricas. La pareja de los gansos líricos es aquella formada por dos gansos que se unen para cantar juntos. Cierto, los gansos, al contrario de Armando Manzanero no cantan, graznan, pero ellos creen que cantan y que, además, lo hacen muy bien. Lo importante es que la pareja de gansos cantantes se mantiene hasta que la muerte los separa. No es una alianza de hembra y macho sino transexual. Pueden unirse en el canto dos hembras, dos machos, o un macho con una hembra. Lo importante es que graznen juntos, que es el modo que tienen los gansos para ponerse de novios. Puede que en algunos casos el elegido musical sea el elegido sexual y aquí podríamos hablar de un matrimonio perfecto. Pero en la mayoría de las situaciones, la pareja musical es independiente de la relación sexual, la que también es monogámica. Eso quiere decir que un ganso puede copular con una gansa, pero también cantar junto con otro ganso o gansa. En algunas de sus costumbres, pienso yo, son los gansos menos gansos de lo que uno imagina son los gansos.
Las tradiciones y sus formas las hemos inventado (nosotros, no los gansos) para suplir las insuficiencias de la naturaleza humana. En ese sentido, cada tradición es un invento colectivo, y como no hay nada más moderno que un invento, podríamos concluir que las tradiciones son, o han sido, modernas. Eso significa que sólo podemos innovar en el marco de una tradición por lo que se hace necesario conservar las tradiciones. Cada noviazgo es, en cierto modo, una innovación dentro de una tradición. No hay ningún noviazgo idéntico a otro, pero a la vez, todos ocurren dentro de una identidad que no es únicamente la de los novios. De ahí que el noviazgo esté sometido a rituales, y los rituales han de ser cultivados, por lo cual forman parte de un culto de una cultura que cultiva a sus cultivos. Los rituales, a su vez, no fueron inventados por casualidad sino con el objetivo de mantener la continuidad de una cultura, sea en el tiempo oen el espacio. De ahí que los rituales posean un alto significado simbólico. El noviazgo es, en ese sentido, un ritual simbólico. Implica, en breve, la ritualización del amor.
El noviazgo es una relación que no sólo es contraída entre dos, sino entre dos hacia los demás, clara demostración de que ha nacido un límite, una marca donde los demás no pueden entrar. De ahí que la marca del noviazgo, al mismo tiempo que implica un sometimiento a la tradición en donde el noviazgo ha nacido, porte consigo la posibilidad de una conjura en contra de la propia tradición desde donde ha emergido.
Porque en el amor, sobre todo en el amor de los novios, hay secretos que nadie conoce. Sólo los novios. Y, a veces, sólo uno de ellos.

Referencias:
Benjamin, W., Die Fesseln der Liebe, Frankfurt 1996
Hegel, G.W.F, Escritos de juventud, Madrid 1978
Lorenz, K., Das sogennante Böse, München 2000

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