Mario Villegas, Columna: Puño y Letra


Liberaos los unos de los otros

19 octubre 2018

Si bien el cambio político en Venezuela reclama de la más amplia unidad nacional, no menos cierto es que para avanzar hacia su concreción es menester hacerle frente a una perentoria necesidad, cual es la de deslindar claramente los campos en el universo opositor.

Visto está a estas alturas que la unidad total de la oposición no resulta materialmente posible, y ni siquiera conveniente, puesto que a su interior se han venido incubando y desarrollando dos formas diametralmente antagónicas de concebir la política y su ejercicio.

Mientras una parte persiste en impulsar el cambio por la vía democrática, constitucional, pacífica y electoral, otro sector apuesta al golpe de estado, la intervención militar extranjera o a cualquier otra operación que desaloje al gobierno por una vía presuntamente rápida, pero cuyas acciones y palabrerío han contribuido a oxigenar al régimen.

Mientras unos valoran el voto y el diálogo como herramientas fundamentales de la política, otros juegan al abstencionismo electoral y al sabotaje de cualquier iniciativa que implique alguna negociación y acuerdos con el gobierno.

Mientras los primeros procuran aprovechar todos los resquicios que permitan movilizar a la sociedad por sus reivindicaciones, las libertades y garantías constitucionales, los derechos humanos y el impulso del cambio democrático, los otros la convocan a la inacción y a esperar que una mano milagrosa venga del exterior, o de quién sabe dónde, a hacer el trabajo que le corresponde única y exclusivamente al pueblo venezolano.

Los únicos avances y victorias que a lo largo de todos estos años ha conquistado la oposición han sido precisamente por la vía electoral. Los más resonantes han sido la derrota de la reforma constitucional de Hugo Chávez en 2007 y el clamoroso triunfo en las elecciones parlamentarias de 2015.

Fue precisamente la tentación inmediatista la que, en busca de una salida rápida y fulminante del régimen, llevó a la oposición a derrochar aquella enorme fuerza popular y democrática acumulada y que se había expresado en las urnas electorales pese a las adversas condiciones impuestas por el Consejo Nacional Electoral y el obsceno ventajismo del gobierno.

La prolongación en el tiempo de esta contradicción intestina retrasa y entraba la construcción de una salida eficaz a la necesaria transición política. ¿Cómo puede darse la unidad real entre actores y proyectos que se contraponen y obstaculizan recíprocamente? La unidad necesaria es aquella que se edifica sobre la base de una propuesta estratégica común, capaz de proponerle al país una hoja de ruta hacia el cambio y un gobierno de salvación y reconstrucción nacional como el que reclama la trágica hora que vive la república.

Así las cosas, el deslinde es imperativo. No os estorbéis. Liberaos los unos de los otros. Que los ultrarradicales, abstencionistas e intervencionistas continúen por su cuenta y riesgo en sus proyectos distraccionistas y multiplicadores de la frustración y la desesperanza, mientras quienes postulan la salida constitucional, democrática, pacífica y electoral se reagrupan, fortalecen y rescatan la confianza de la inmensa mayoría de los venezolanos que quieren eyectar del poder a Nicolás Maduro y su combo hambreador y depredador.

Es el momento de grandes decisiones y rectificaciones políticas. Y aquí el papel de líderes fundamentales y figuras emblemáticas de la oposición democrática es determinante.

Henrique Capriles Radonsky, Henry Ramos Allup, Henri Falcón, Manuel Rosales, Eduardo Fernández, Javier Bertucci, Claudio Fermín, Rodrigo Cabezas, Ramón Guillermo Aveledo, Felipe Mujica, Julio Cesar Pineda, Enrique Ochoa Antich, Jesús Torrealba, Américo Martín, Timoteo Zambrano, Josefina Baldó, Luis Fuenmayor Toro, Hiram Gaviria, Bony Simonovis, Vicente Díaz, Enrique Márquez, Simón García, José Ramón Zacarías, Carlos Alaimo, Rafael Simón Jiménez, Carlos Raúl Hernández, Pedro Pablo Fernández, Leonardo Carvajal, Rafael Quiroz Serrano, Arístides Hospedales, León Arismendi, Pablo Zambrano, Griselda Reyes, Aura Loreto, Luis Manuel Esculpi, Eder Puerta Aponte, Alfredo Padilla, Trino Márquez, entre muchos otros valiosos venezolanos comprometidos con el cambio democrático, están llamados a hacer causa común, cada quien desde la independencia partidista o desde su respectiva trinchera política, en la construcción de una alternativa capaz de conducir al país hacia el amanecer democrático por el cual clama la inmensa mayoría nacional.

Es hora de hacer política. ¡Hagámosla, pues!

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La criptomoneda roja-rojita

Con la barriga bien llena, las carteras buchonas, prendas costosas en las manos o el pescuezo, y abultadas cuentas en bolívares y en dólares, no debe resultar muy difícil pedirle a los pata en el suelo que no se registren y obtengan el mal llamado “carnet de la patria” para hacer uso de algún derecho o cubrir una necesidad básica.

Después de haberse gozado múltiples viajes de placer subsidiados, de raspar cupos CADIVI y efectuar compras por internet con dólares a precio de gallina flaca provenientes del patrimonio nacional, no luce nada digno y coherente reprochar a venezolanos empobrecidos que adquieran las cajas o bolsas de alimentos que distribuye el estado a precios preferenciales.

Tampoco resulta muy digno y coherente realizar o haber realizado en estos veinte años, ya sea abierta o solapadamente, negocios o negociados con el gobierno o con capitostes rojo-rojitos y, ahora, cuestionar a los ciudadanos que se ven forzados a registrar sus vehículos y a sacar el fulano carnet para poder adquirir gasolina a precios subsidiados.

No porque usted y su entorno puedan vivir holgadamente y cubrir sin sobresaltos los elevadísimos costos de la canasta básica familiar, adquirir la gasolina a precios internacionales, viajar de cuando en cuando al exterior y darse uno que otro lujo, significa que todos los venezolanos pueden hacerlo.

Por el contrario, la grave crisis generada por las políticas económicas del régimen está causando estragos entre la mayoría de la población y amenaza con profundizar sus demoledores efectos. Así que no se puede criminalizar a las víctimas del fulano carnet cuando es evidente que si lo obtienen para medio cubrir sus necesidades básicas familiares es por mera necesidad y obligación, no por indignidad o sumisión.

Es cierto que el gobierno ha impuesto ese carnet como instrumento de discriminación política y control social. ¿Pero quién ha dicho que quienes acceden a él están renunciando automática y necesariamente a sus personalísimas convicciones políticas y a su dignidad? Basta ver los resultados de las elecciones que se han realizado desde la implantación del tal carnet para darse cuenta que la votación del régimen está muy por debajo del número de personas que constituyen el universo de usuarios del sistema. Menos de un tercio de los carnetizados votó por el gobierno en las recientes elecciones presidenciales.

Tener que tramitar y meterse en el bolsillo un carnet que muestra en el reverso la silueta de Hugo Chávez al lado de la del libertador Simón Bolívar debe representar un trago amargo para cualquier militante declarado o adversario silencioso del régimen. Pero se trata, en definitiva, de un peaje involuntario, claramente impuesto por el gobierno, para que el ciudadano común acceda a elementos básicos para la subsistencia de los sectores más vulnerables de la población.

¿Cómo podía pedírsele a los disidentes cubanos que en su momento no tramitaran la tarjeta de racionamiento si no había otra manera de que en su país cubrieran medianamente las necesidades alimentarias? ¿O a un republicano español renunciar prácticamente a la vida para no tener que usar la oprobiosa moneda del franquismo? En ambos casos, se trataba de imposiciones.

Hubiese sido inmoral pedirle a un demócrata cubano que no tramitara la denigrante tarjeta o a un republicano español que no usara la moneda dictatorial. No porque el cubano la obtuviese dejaba de ser anticastrista. Tampoco dejaba de ser un luchador antidictatorial aquel español en cuya cartera y bolsillos tuviese para su uso cotidiano billetes y monedas acuñados con esta bochornosa inscripción: “Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios”. Ambos eran víctimas, como víctimas son quienes en la Venezuela empobrecida de hoy se ven forzados por el régimen y las circunstancias a utilizar el carnet.

Voces muy diversas y calificadas de la opinión nacional han comprendido perfectamente el problema y se han manifestado contra la descalificación de quienes se hacen del carnet para medio sobrevivir. Incluso algunos han planteado la conveniencia de que todos los venezolanos en edad de hacerlo obtengan su carnet con el propósito de saturar el sistema y terminar de neutralizar el control político y el carácter discriminatorio asociado al mismo.

Tiene lógica.

@mario_villegas

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