Enrique Ochoa Antich, Columnista


IZQUIERDAS Y CENTRO-IZQUIERDAS

15 octubre 2018

Moderados y radicales. Girondinos y jacobinos. Mencheviques y bolcheviques. La historia de las izquierdas, en particular a lo largo de todo el siglo XX, fue una larga lucha entre quienes miraban los procesos históricos pactando con la realidad para procurar transformarla, por una parte, y quienes, por la otra, pretendieron, en general fallidamente, suprimir la realidad existente para, sobre sus ruinas humeantes, levantar una nueva, el palacio de luz, el reino de la libertad, el mundo de libres y de iguales que, por supuesto, todos soñamos. Los cambios impulsados por los primeros, con todo y ser menos dramáticos, terminaron por ser más perdurables en el tiempo; los que impulsaron los segundos produjeron, claro, algunos cambios irreversibles, pero al final se desfondaron en su propio fracaso, debiendo acudir a etapas teóricamente ya superadas (los “comunismos” que dan paso hoy a sociedades ferozmente capitalistas).

Esto fue así muy especialmente cuando alguna de las izquierdas accedía al poder. Colocadas frente a la realidad cara a cara, unas y otras reaccionaron de modo diverso. Fue, por ejemplo, la Nueva Política Económica de Lenin (la famosa NEP, a la cual me referiré más abajo), que se propuso un cierto repliegue aunque fuera táctico en materia de reconocimiento de la propiedad privada y del incentivo al beneficio individual (en el campo, especialmente) a los fines de superar el inmenso caos que se estaba produciendo debido al extenso proceso de expropiaciones posterior a la revolución de Octubre. Esa política produjo un importantísimo crecimiento de la producción agrícola. Lógicamente, la NEP fue criticada por la llamada “oposición de izquierda” (de Trotski) y luego liquidada por los planes quinquenales, centralistas y férreamente estatistas, de Stalin. O fue, por contraste, el tristemente célebre “Gran salto adelante” de Mao en China que partía de la idea de considerar que todo repliegue era una traición y que se propuso resolver los principales problemas económicos profundizando la colectivización y la estatización de la economía. Sin embargo, a diferencia de la NEP de Lenin, el “Gran salto adelante”, defendido con paroxismo por la izquierda radical no sólo en China sino en todo el mundo (por esos años, ¡hasta Sartre fue maoísta!), sólo condujo a una profundización del caos y del atraso económico y a pavorosas hambrunas que les costó la vida a millones de chinos (se dice que entre 18 y 30).

II

Luego del debate entre los llamados (por Marx, versador interesado) “socialismo utópico” y “socialismo científico” (éste el marxista, por supuesto), y entre Bakunín y Marx, entre marxistas y anarquistas, Comuna de París mediante (debate en el que, sorpresa, Marx representaría a la centro-izquierda y Bakunín a la izquierda más radical, o, si se quiere, aquél a la izquierda y éste a la ultra-izquierda), la confrontación que ha definido por más de un siglo el deslinde ideológico y político entre izquierdas y centro-izquierdas es el que tuvo lugar a principios del siglo pasado en el seno de la socialdemocracia alemana: entre Bernstein y los marxistas dogmáticos como Kautsky, por una parte, y, por la otra, entre éstos y los bolcheviques de Lenin. II y III Internacional. Veamos.

Esta historia no es un cultismo impertinente: aunque luzca un desfase temporal, nos atañe directamente, en tiempos del “socialismo del siglo XXI”. Resumiendo, diríamos que son dos los asuntos que aquel deslinde se planteó: por una parte, el tema de la distinción entre reforma y revolución; el segundo, el del desarrollo del capitalismo como condición para gestar desde su seno la posibilidad de una revolución socialista.

Respecto del primero, el contraste lo definieron Las premisas del socialismo expuestas por Bernstein (se dice que para publicarlas esperó que falleciera Engels, su maestro, para no darle en vida el disgusto que a no dudar le causarían sus tesis “revisionistas”) y condenadas por toda la socialdemocracia europea (excepto la sueca, dicho sea de paso, y no es casual). Bernstein no sólo comprobó con estadísticas en la mano cómo buena parte de las profecías de Marx y Engels no se habían cumplido (la proletarización de las clases medias, por ejemplo), sino que postuló con rigor la pertinencia del credo reformista. Lo cito de memoria: “El movimiento lo es todo. El fin último no es nada”. Me gustaba sostener en tiempos de debates parecidos en el MAS allá por los años 80, que la única revolución posible era la que se derivaba de la acumulación y de la arquitectura de las reformas que se produjesen. La idea misma de la “ruptura revolucionaria” no era más que un mito pues lo que en realidad se producía en las sociedades sometidas a cambios profundos, políticos, económicos, sociales, no era un quebrantamiento, una ruptura (que según sus defensores podría ubicarse en el tiempo y en el espacio: el asalto al Palacio de Invierno octubre 1917, por ejemplo) sino más bien un largo y progresivo desgarramiento: es decir, una evolución. De modo que cualquiera que en los tiempos presentes se quiera proponer algo parecido a un proyecto socialista, en el sentido de construcción de una sociedad justa e igualitaria en el plano de lo social, debe hacerlo como proceso reformista, por lo tanto evolutivo, y no propiamente revolucionario. O, en todo caso, revolucionario sólo en tanto en cuanto acumulación progresiva de reformas.
Eso nos lleva al otro asunto: eso que puede definirse aproximadamente como socialismo democrático/liberal, es decir, una sociedad que, respetando la libertad de los individuos y la democracia, asegure niveles de justicia social y de progreso material y espiritual para todos por igual, es sólo planteable a partir del desarrollo impetuoso del capitalismo, condición sine qua nonpara que el incremento de las fuerzas productivas permita la distribución de la riqueza, de la abundancia, y no de la escasez y la pobreza. Es el tema que deben debatir quienes, desde posiciones de gobierno, e inspirados honestamente en ese ideal socialista, enfrentan crisis económicas que sólo pueden ser resueltas profundizando el capitalismo, aún desde un Estado fuerte y con vocación social, y no radicalizando, como proponen algunos, una revolución que en realidad no lo es.

III

Echemos una ojeada a la otra gran confrontación: la que se produjo en 1917 y años sucesivos entre los socialdemócratas alemanes y en general europeos agrupados en la II Internacional y los comunistas-bolcheviques de Lenin que desde la Rusia zarista y luego soviética, y agrupados en la III Internacional, impactaron con su impronta a toda la izquierda y en particular a la izquierda radical del planeta.

Con un artículo titulado La Revolución contra ‘El Capital’ celebró Gramsci la revolución de los bolcheviques. No contra los capitales amasados por los burgueses (en la Rusia feudal de entonces muy precarios) sino contra la principal obra escrita por Marx. Incluso llega a decir que, en cierto sentido, los bolcheviques no eran marxistas. Así plantea el punto Gramsci: “Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado”. Y por último formula la pregunta esencial: “¿Por qué debía esperar ese pueblo que la historia de Inglaterra se renueve en Rusia, que en Rusia se forme una burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista?”. Los socialdemócratas alemanes, con Kautsky a la cabeza, y los propios mencheviques rusos, defendieron la tesis según la cual era condición sine qua non de una revolución socialista, el desarrollo del capitalismo, de sus fuerzas productivas, de sus clases sociales, etc. Ya Lenin, mostrando la faz de un político genial pero no de un marxista apegado a la doctrina, había escrito en sus Tesis de Abril (¡sólo dos meses después del derrocamiento del régimen zarista!) que (cito de memoria) “el poder político se ha desplazado de una clase a otra y, por tanto, la revolución burguesa ha sido ya consumada”, como si en nada más ese acto político pudiese resumirse la larga, la secular revolución capitalista, económica, social, cultural, tecnológica, que aún estaba teniendo lugar en la Europa occidental. Tengo para mí (o quiero tener para mí) que luego de la aplicación de la Nueva Política Económica que restituyó en los años 20 la propiedad privada en el campo y por tanto el capitalismo en Rusia, Lenin habría comprendido el tamaño de su error y actuado en consecuencia. En Rusia, al final, se conformó un Estado comunista totalitario que se vino abajo por su propio peso, mientras la centro-izquierda europea lograba edificar el Estado social de bienestar que, dentro de un contexto de desarrollo del capitalismo, logró las sociedades más igualitarias y más felices en 5.000 años de historia escrita, donde, con marchas y contramarchas, libertad, justicia, oportunidades y progreso para todos han sido no sólo un sueño sino una realidad tangible que se construye todos los días.

Los venezolanos de hoy en día podríamos responder la pregunta de Gramsci con facilidad habida cuenta de nuestra historia reciente. ¿Por qué? Porque sólo en el desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas, que hasta nuevo aviso sólo ha conseguido de modo perdurable en el tiempo la iniciativa privada, individual, es decir, sólo en el desarrollo del capitalismo, puede producirse la riqueza que el socialismo postula distribuir justa y democráticamente entre todos para edificar una sociedad de justos y de iguales pues de lo contrario lo único que se reparte es la escasez y la miseria. Al menos en nuestro país, la verdadera revolución la constituye la creación de una sociedad capitalista moderna, con la presencia de un fuerte Estado con vocación social, de un Estado socialista, si se quiere, pero sociedad capitalista. Los chinos lo entendieron a cabalidad y allí están los resultados, sólo que bajo una dictadura totalitaria que cercena todas las libertades democráticas del pueblo. Ojalá este antiguo debate (que es imposible abordar adecuadamente en las pocas líneas de esta columna) sirva al menos de referencia histórica a quienes diciéndose socialistas ejercen funciones de gobierno.

* Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.


LAS TRES OPOSICIONES, EL NO Y LA RUTA DEMOCRÁTICA

8 de octubre de 2018.

Las fuerzas políticas y sociales que componen la oposición han demostrado durante estos 20 años de hegemonía chavista más de una vez su enorme capacidad de recuperación:

  • Cayeron hasta casi su extinción luego de la victoria electoral de Chávez en 1998. De errores monumentales cometidos por la candidatura de Salas Römer (el patético espectáculo de AD y COPEI apoyándolo a última hora) a su supina incomprensión de lo que era el fenómeno histórico chavista, pasando por la herencia (injusta para muchos de quienes siempre lo adversamos pero herencia al fin) que dejaba el puntofijismo (en particular sus últimos cinco gobiernos), condujeron a que el nuevo régimen chavista avanzara en sus planes hegemónicos casi sin competidor alguno (al menos de importancia). Constituyente arbitraria, nueva Constitución, relegitimación de todos los poderes. Pero luego, viniendo del sustrato de la sociedad, civiles y militares protagonizaron una rebelión pacífica hasta el propio 11 de Abril de 2002, logrando la renuncia del presidente.

  • Luego volvieron a caer desde que el 12 en la madrugada en el Fuerte Tiuna, un atajo de militares incompetentes y de empresarios voraces convirtiera la rebelión civil y pacífica en un golpe de Estado violento. Es decir, patearon en palacio con sus botas lustradas y con sus zapatos de marca, la legitimidad democrática que habían adquirido en la calle. En vez de buscar la convocatoria del legítimo parlamento, escogieron el atajo de la salida de fuerza. Esa madrugada, con habilidades taumatúrgicas dignas de mejor causa, convirtieron al militar golpista en demócrata y a los demócratas en golpistas. Cayeron y siguieron cayendo, luego con el necio paro petrolero de 2002-2003: si algunos proponíamos que el paro fuese de 24 horas, a lo sumo de tres días, éramos unos timoratos; después con la falsa denuncia de fraude en el revocatorio de 2004; y luego con la abstención de 2005. El 11A entregamos la Fuerza Armada, con el paro entregamos PDVSA, con la denuncia de fraude herimos gravemente la confianza en el voto como instrumento de cambio, y con la abstención de 2005 entregamos todos los poderes. Y sin embargo, en 2006, primero con la precandidatura de Teodoro Petkoff que removió las aguas estancadas y luego con el pacto Petkoff-Rosales-Borges, volvimos a remontar la cuesta, a recobrar la ruta electoral, a reagrupar las fuerzas y, ya en 2007, a ganarle por primera vez a Chávez (y al más poderoso Chávez, el que aún no tenía pasado, el que venía de ganar las elecciones presidenciales con casi el 70 % de los votos, el que tenía el petróleo a $ 80) el referendo de la reforma constitucional.

  • De allí se produjo un largo proceso con marchas y contramarchas que condujo a victorias políticas unas y electorales otras, como la conquista de numerosas gobernaciones y alcaldías, la de las elecciones parlamentarias de 2010 en que por primera vez los candidatos del gobierno obtuvieron menos de la mayoría absoluta de los votos, la casi victoria en las elecciones presidenciales de 2013. Entonces, la oposición cayó de nuevo: en vez de sacarle provecho a lo que aquí llamo una casi victoria, optamos por denuncias de fraudes inexistentes que sólo desmotivaron a los votantes y por guarimbas violentas e inútiles que sólo produjeron muertes, cárcel e inhabilitaciones. Sin embargo, volvimos a levantarnos: todos vimos con entusiasmo a una nueva MUD, más social, más comprometida con los pobres, más popular, y a un joven liderazgo que parecía tomar la batuta con coraje y brío. Y se produjo la resonante victoria electoral de 2015 para la AN.

  • Y luego la oposición volvió a caer, sometida a esa maldición de Sísifo que padece, se fue de bruces, tal vez intoxicada con tamaña victoria, y perdió el rumbo: en vez de propiciar, desde la nueva ventaja de ese poder conquistado, una negociación aceptable para ambas partes (luego de que Maduro asistiese al parlamento a su instalación, ese diálogo era posible), rechazamos (nosotros, no el gobierno) repetidas propuestas de acuerdo (una formulada por el mismo Papa a quien entonces algunos calificaron de ¡comunista!) pues no estábamos dispuestos a renunciar a un derecho constitucional como era el revocatorio (eran los tiempos cuando Maduro decía en cadena: “el revocatorio es un derecho pero no una obligación”). Como dicen, al final nos quedamos sin el chivo y sin el mecate: perdimos las elecciones regionales ofrecidas para 2016 (decían los principales voceros de la MUD: ¿para qué gobernaciones si el único objetivo es salir de Maduro?), vinieron los tristemente célebres “seis meses”, la política del vale todo: revocatorio, Constituyente, abandono del cargo, y luego las guarimbas de 2017 (más muerte, más cárcel, más inhabilitaciones). Y así, terminamos en este lodazal de pesimismo, desmovilización y derrota en que nos encontramos hoy.

Pero no tengo ninguna duda: la oposición volverá a levantarse. Tal vez a la tercera va la vencida y esta vez sí sepa aprovechar sus futuras victorias para que salgamos de este agobio atroz en que se ha convertido el país y desde sus ruinas podamos construir uno nuevo en todo. Para lograrlo, se requiere reunificar y reconciliar a la oposición.

Si tuviésemos que abreviar, diríamos que la oposición venezolana está dividida en tres:

  • Por un lado, está la que podemos llamar oposición extremista, maximalista, esencialista, la que pide todo o nada… y lo pide ya, la que define al régimen sólo por su esencia totalitaria y no por sus numerosos epifenómenos (democráticos algunos), la que asegura que a fuerza de abstención el régimen se deslegitimará hasta tal punto que caerá por su propio peso, la que decidida a no acumular fuerzas institucionales aquí (¿para qué si eso equivale a cohonestar a la narcotiranía?, se dicen) buscan afuera la que necesitan (la mítica comunidad internacional), la que apuesta a una intervención armada de gringos y cachacos, la que quisiera ver a un militar de los nuestros convertirse en un Pinochet criollo (sin notar las colosales diferencias entre una y otra institución armada, no siempre en perjuicio de la nuestra) pero paradójicamente blande el fantasma de Colombia que cohesiona a toda la Fuerza Armada alrededor del gobierno y de su presidente, la que exagera todos nuestros males (que ya son bastante graves como para tener que ser exagerados) de modo de legitimar salidas de fuerza, la que no cree en negociaciones a menos que equivalgan a la rendición incondicional del gobierno porque de lo contrario con el diálogo el gobierno “gana tiempo” (esa noción casi metafísica que no se sabe bien cómo es que opera), la que cree en el espejismo de paros generales de artificio como si a éstos se llegara por la voluntad de vanguardias iluminadas y no por la resulta de hondos procesos sociales objetivos… y subjetivos a la vez, la que en fin hace política con argumentaciones supuestamente morales (que mucho tienen de farisaicas): valentía, traición, colaboracionismo, entre muchas otras. En fin, la oposición que tiene su principal vocería en María Corina Machado, Antonio Ledezma, Diego Arria y algunos otros. Se les puede criticar todo menos decir que son incoherentes: dicen lo que piensan y hacen lo que dicen (bueno, esto último más o menos, pues más bien prefieren -con valentía tremolada desde una playa de Florida- que otros hagan lo que ellos dicen).

  • Luego, en igualdad de coherencia, está la oposición democrática, esto es, la que está a plenitud comprometida con la ruta democrática: constitucional, civil, pacífica, electoral y nacional, la que vota siempre incluso pasando por encima de condiciones que de antemano sabe adversas, la que cree en el diálogo y se empeña tercamente en buscar una resolución negociada a la grave crisis que padece la nación, la que propicia una transición pactada, la que promueve la protesta social pero sólo pacífica, la que acepta la solidaridad internacional pero sabe que entre ésta y la injerencia hay una línea roja infranqueable, que quiere ser una alternativa soberana y libre y no acepta tutelaje alguno de poderes y gobiernos extranjeros. En fin, la oposición que tiene su principal vocería en las fuerzas políticas y sociales que respaldaron las candidaturas presidenciales de Henri Falcón (…y Javier Bertucci, habría que añadir), y que tiene una de sus principales expresiones orgánicas en la Concertación por el Cambio (integrada por nueve organizaciones propiamente partidistas unas y sólo civiles otras: Avanzada Progresista, MAS, Movimiento Ecológico, Soluciones, Cambiemos, BR, IPC, De Frente con Venezuela y JUNTOS).

  • Entre aquélla y ésta, se encuentra el amplio campo de la exMUD. No voy a apelar a las definiciones político-geológicas leninistas para definir ese espacio. Allí reposan las ruinas de lo que siendo sólo una alianza electoral quiso ser dirección política sin poder serlo por su propia naturaleza. Es la oposición que quiso conciliar lo inconciliable (y si algunos, ¡desde 2014!, hablábamos de un deslinde oportuno y necesario, éramos calificados de antiunitarios): a participacionistas y abstencionistas, a dialoguistas y no-dialoguistas, a pacifistas y guarimberos, a soberanistas e intervencionistas. Como era de esperarse, esa falsa unidad ha terminado por saltar en mil pedazos. Algunos aún no terminan de aceptar lo que es una verdad dialéctica: que para que la unidad democrática sea posible, debe comenzar por el deslinde de demócratas y extremistas. Ésta es la oposición que a la sombra del Twitter se deja chantajear con pusilanimidad por el radicalismo infecundo, la que hoy vota pero maña no, la que a veces dialoga pero basta una llamada telefónica para que tire el tablero al aire, la que dice defender la paz y la constitucionalidad pero a la vez tolera que unos adolescentes armados de escudos de cartón se tiren la parada de unas sangrientas guarimbas a ver qué pasa (no importa si se ocasiona la muerte de centenares de venezolanos, unos opositores, otros oficialistas, muchos simples espectadores), la que dice no aceptar injerencias extranjeras ni civiles ni mucho menos militares pero se desvela buscando la unidad con quienes las propician y recorre el planeta propiciando más sanciones contra Venezuela. En fin, la oposición que tiene su principal vocería en AD, PJ, VP, UNT y otros partidos y en esa experiencia nonata o en todo caso enigmática que es el Frente Amplio.

Lo bueno que hoy está ocurriendo en el escenario de la oposición venezolana es que el claro deslinde y la fuerte tensión e incluso confrontación entre las políticas coherentes expresadas en las dos primeras oposiciones a que hemos hecho referencia más arriba: la extremista y la democrática, están escindiendo a la que se encuentra en el centro entre una y otra, el vasto y contradictorio campo de la exMUD. Es un anuncio de mejores tiempos para la oposición. Quizá es emblema de esta escisión, a veces latente, a veces explícita, la divergencia notable que hay entre los discursos de Henrique Capriles y Julio Borges. O la renuncia (tal vez forzada pero renuncia) de Luis Florido a Voluntad Popular. O los ataques inmisericordes del mariacorinismo mayamero a Henry Ramos Allup y AD.

Estoy persuadido de que de este deslinde/escisión que más temprano que tarde habrá de consumarse en el variado campo de la exMUD, se reconstruirá una nueva unidad, ésa que en otro artículo en esta misma tribuna hemos llamado la unidad posible: es decir, la unidad alrededor de voto siempre, el diálogo y la negociación, la protesta sólo pacífica y la defensa a todo evento de nuestra soberanía. Es obvio que el NO al proyecto de Constitución será una oportunidad para acordarnos los que en verdad podemos acordarnos, los que estamos comprometidos sin ambages con la ruta democrática. No importa si no lo hemos leído aún: basta con saber que su debate ha sido encapillado dentro de cuatro paredes espurias, que el pueblo no lo ha debatido, que la Constituyente es de partida dada su composición monocolor un instrumento ilegítimo para proponernos nada. Además, más que a un texto cualquiera, seráun NO estruendoso a Maduro y a su gobierno deplorable.

Sé de antemano que no faltarán las voces que volverán a la retahíla de necedades acerca de que cualquier participación significa legitimar al régimen. Ojalá quienes así hablan estudien un tanto el proceso del NO chileno que acaba de cumplir 30 años. Ojalá una rotunda y clamorosa mayoría de los demócratas de esta sufrida patria nuestra, en honor al compromiso que debemos tener para con su destino, que es el destino de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos, no rehuyamos esta cita con el destino y con la historia.

Una victoria del NO seguramente no cambiará todo de inmediato pero impondrá las condiciones necesarias para una negociación con el gobierno desde una oposición democrática que habrá recuperado y mostrado a toda Venezuela y al mundo entero su fuerza real. Esa victoria es posible. Esa ulterior negociación es posible. Entonces, no rehuyamos el desafío.

* Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

@eochoa_antich


50 DEL 68: UNA REVOLUCIÓN CULTURAL

1 octubre 2018

Se cumple medio siglo (increíble poder decirlo: ¡medio siglo!) de aquel año de 1968 emblemático, tal vez punto de inflexión de aquellas dos décadas, la de los 60 y la de los 70, de grandes y perdurables cambios. Pertenezco más a la segunda, y así formo parte de una generación que se alimentó de los frutos sembrados por la primera.

Durante los 60 abren sus ojos y sus cerebros a la vida adolescente y adulta los primeros seres humanos nacidos luego de la II Guerra o durante sus años postreros. Tal vez eso los (nos) identificó en una visión de la vida y del mundo diferente y aún divergente a la anterior, con más esperanza, más ilusiones, más utopías, más libertad. Y, acaso impulsados por transformaciones tecnológicas de todo orden (expansión de la televisión y de las telecomunicaciones, desarrollo como nunca antes del transporte aéreo y terrestre, píldora anticonceptiva, carrera espacial entre la EEUU y la URSS y primer viaje a la luna, el chip, el robot industrial, los procesadores de texto, el mouse, las computadoras personales, la calculadora de bolsillo, primera red informática, y muchas otras), ocurrieron hechos de alta significación artística que cambiaron la faz de la cultura por venir (entre ellos, por sólo mencionar los que primero vienen a mi mente: la aparición del boom latinoamericano que dícese inició con La región más transparente de Carlos Fuentes publicada en 1958: luego Rayuela de Julio Cortázar, La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa y sobre todo el descomunal Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, que implicó la entrada con voz propia de todo un continente a la literatura universal; todo Beatles, en grupo y luego de 1970 por separado, pero en particular El Sargento Pimienta, álbum que tal vez no por casualidad vio la luz en 1967, el mismo año en que se publicó Cien años…; películas excepcionales de Buñuel, Fellini, Kurosawa y muchos otros; el arte cinético, que expresaba la cotidianidad de un universo de cambios tecnológicos incesantes, entre cuyos principales exponentes los venezolanos tuvimos a Jesús Soto y Carlos Cruz Diez).

Se inició la década de los 60 con el sueño luego truncado de que en Cuba se realizaría una revolución socialista libertaria: de allí a los 70 son las décadas en que el democrático Movimiento 26 de Julio fue confiscado por el totalitario Partido Comunista. La guerra de Vietnam adquiere ribetes épicos y trágicos durante todos los años 60 y la primera mitad de los 70, convirtiéndose en un ícono universal de la lucha por la paz: un pequeño país sometido con saña imperial a la más feroz arremetida belicista de que se tenga memoria (más bombas que en la II Guerra: 8 millones de toneladas contra 2 millones) logró, con valentía y luego con astucia negociadora en 1975, vencer a la nación más poderosa del planeta. Entre los 60 y los 70 China pasa de la revolución cultural de Mao, esa orgía absurda de destrucción y muerte, a la llegada de Deng Xiaoping, cuya visión convirtió a China en lo que es hoy, la segunda economía mundial, por encima incluso de Europa. A pesar de crímenes atroces como el de Patricio Lumumba en el Congo (con la participación directa de la CIA gringa, by the way), se produce la descolonización de África y así todo un continente entra en la historia y Europa cierra para siempre sus ínfulas imperiales.

Pero 1968 fue el hito de aquellos años. Como si fuera un quiebre entre dos épocas, ocurrieron ese año en el campo político y social varios hechos de trascendencia histórica:

  • El mayo francés que, aunque fuertemente marcado por movimientos de izquierda, se trató de una impugnación juvenil al status quo: haz el amor y no la guerra (el Poder Joven fue por estos lares manifestación/reproducción de aquel movimiento que desde París impactaba a todo el planeta).
  • La primavera de Praga y la invasión de Checoeslovaquia en agosto: sueño truncado de un socialismo con rostro humano, democratización imposible del comunismo desde dentro, en particular en tiempo de guerra fría (la vida política de quien suscribe se inició aquí, en la lectura de aquel anticipo monumental que fue Checoeslovaquia: el socialismo como problema, de Teodoro Petkoff).
  • Masacre de Tlatelolco en México, que fue emblema del vastísimo movimiento de luchas estudiantiles que recorría el orbe: en EEUU contra la guerra de Vietnam, en Japón, en Berlín, en Roma, en toda América Latina (y entre nosotros la llamada Renovación Universitaria).
  • El asesinato de Martin Luther King, tragedia que encarnó e impulsó las luchas del pueblo negro estadounidense por sus derechos civiles.

Los 70 tienen, desde el punto de vista de la política democrática, un inicio trágico y un final esperanzador en dos hechos que quisiera resaltar: la victoria de la Unidad Popular en Chile y su derrocamiento mediante un golpe militar sangriento que se saldó con la vida del presidente Salvador Allende y de miles de chilenos; y el proceso de transición en España que la llevó de la muerte de Franco a la construcción de un pacto como base de una nueva nación democrática, dejando atrás el último vestigio de la Europa fascista.

Pero donde aquellos años turbulentos -a 1968 lo llaman algunos la primera revuelta global– adquirieron perdurabilidad fue en el ámbito cultural. Más que el sueño de una revolución política, económica y social comunista (que el año de 1967 había cumplido medio siglo, de la revolución bolchevique a entonces), que al final terminó siendo frustrado por sus propias atrofias estructurales (estatismo, burocratismo, anti-liberalismo, anti-capitalismo), la verdadera revolución del siglo XX cuyas consecuencias han prevalecido es la que en esas dos décadas de los 60 y los 70 tuvo lugar en el plano cultural (no agrego, pero podría hacerlo, la consolidación del Estado de bienestar en Europa occidental, propiciado por los movimientos socialistas democráticos de todo tipo, tal vez el estadio de mayor felicidad humana en 5.000 años de historia escrita, y no lo hago porque más que revolución se ha tratado de un proceso evolutivo en el que en todo caso la revolución se produce por acumulación de reformas, en un salto dialéctico de cantidad a calidad). Los 60 y los 70 transformaron la vida del ser humano en varios órdenes que hacen que sea marcada la diferencia entre quienes nacieron en los 20 y los 30, por una parte, y los que nacimos en los 40 y 50, por la otra, pues estos últimos teníamos en esas dos décadas aún la arcilla fresca para ser moldeada. El movimiento hippie influyó de modo determinante para que así ocurriese. Los cambios que perduran son notables en varias áreas:

  • Las relaciones hombre/mujer: ya no se trataba como en tiempos anteriores del sufragio y/o la ciudadanía de las mujeres, esa mitad de la humanidad relegada por milenios, sino de su existencia misma respecto de la otra mitad: al proceso de liberación femenina que tuvo lugar entonces contribuyó de forma determinante la revolución sexual, una desinhibición generalizada de este impulso vital, con enormes consecuencias en el campo psicológico y social (la aparición de la píldora anticonceptiva a la que hemos hecho referencia más arriba fue determinante a este respecto al asegurar la posibilidad y extensión del sexo premarital sin ataduras para la mujer).
  • Las relaciones padre/hijo: es claro que hoy la relación entre aquél y éste es menos autoritaria, más libre, menos reverencial de lo que era antes (experiencias como Summerhill desde los años 20 y nuevas teorías educativas/pedagogías críticas como la de Paulo Freire ayudaron notablemente a este proceso que hoy ya se ha hecho universal).
  • Las relaciones heterosexuales/sexodiversos: a partir de allí se inició, con marchas y contramarchas, lo que ha prevalecido hasta hoy como el movimiento LGBT (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales), asegurando la manifestación cada vez más libre de todas las opciones de identidad sexual del ser humano.
  • Las relaciones ser humano/medio ambiente: nunca como entonces surgieron teorías y campañas de concienciación acerca del entorno ecológico en el que nos desenvolvemos, de sus delicados equilibrios y de la necesidad de operar sobre ella con respeto, lo que ya hoy forma parte incluso y por primera vez en la historia de vastas políticas públicas de todos los países (hoy los movimientos ambientalistas e incluso los partidos verdes son parte del paisaje, entonces no tanto).

Así fue, aquel 1968, aquellas dos décadas de los 60 y los 70. Revolución cultural a toda ley. Quien suscribe los vivió con intensidad en todos los ámbitos. Afirmo con orgullo haber pertenecido a unas generaciones que protagonizaron un cambio de la vida humana en el planeta como pocos en la historia. De entonces a hoy, siguen estando vigentes sus valores principales: libertad, paz, amor, justicia, democracia.

* Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

@eochoa_antich


¿POR QUÉ NO TE CALLAS, ALMAGRO?

24 septiembre de 2018.

Almagro dice en Cúcuta que la opción de la intervención militar contra el régimen madurista en Venezuela no debe ser descartada. Luego, en Washington, dice que no dijo lo que dijo pero que más o menos sí lo dijo. Es decir, no propicia una invasión militar pero de pronto sí porque quién sabe. ¿Se dará cuenta de lo mal que queda? Y luego remata insultando a Zapatero, en una conducta muy impropia del alto cargo que ostenta. Nunca, nunca debe perderse el sentido del ridículo.

Los venezolanos, no importa la parcialidad política a la que pertenezcamos, debemos rechazar terminantemente esas insinuaciones. ¿Por qué deben otros acudir a resolvernos nuestros problemas? Los problemas de Venezuela los resolvemos los venezolanos. Los venezolanos podemos.

En lo personal, me opongo no sólo a las sanciones contra el país, que bastante daño provocan a su gente y principalmente a los más pobres (claro, inaceptable excusa para la monumental incompetencia de un régimen que nos ha conducido a la catástrofe que padecemos hoy), sino incluso a los connacionales tal y como hasta ahora hemos visto. Si un venezolano comete un delito en otro país es cosa diferente, y aun en este caso debe exigirse el respeto al debido proceso. Resulta muy cómodo acusar, sin derecho a la defensa alguno, a alguien de narcotraficante, y hacerlo desde todo el poder político y comunicacional de un imperio poderoso como el estadounidense, y dar por terminado el asunto. Pero que se sancione en Estados Unidos, Canadá o Europa, y sin juicio alguno, a un venezolano por delitos -y además políticos- cometidos en Venezuela, resulta, a mi modo de ver, una injerencia inaceptable. Para eso están los órganos multilaterales, de justicia y en derechos humanos, de los que los países forman parte por propia y soberana voluntad. Por eso, sí, firmé la solicitud dirigida a Obama pidiendo suspender los decretos sancionatorios contra Venezuela, una vez que la MUD de entonces no lo hizo, como muchos se lo pedimos.

Ya todo lo antedicho es grave. Pero la invitación a una intervención militar es asunto de marca mayor (no importa el eufemismo con el que quiera ser edulcorada: humanitaria o como sea). Primero, porque se trata de una acción que se cobraría la vida de miles (¿5.000?, ¿10.000?) muertes y que podría dejar incubada en nuestra tierra una violencia congénita a la que nada dice que seamos inmunes. ¿Qué harán los vencidos con los miles de millones de dólares que, según se dice, poseen en cuentas bancarias en el exterior? El terrorismo es la inmediata tentación de todos los fundamentalismos ideológicos. Fácil incitar a sangrientas conflagraciones de este tipo cuando son otros y los hijos de otros los que estarán en la primera línea de combate. Pero en segundo término porque para lo único que sirve es a que el gobierno justifique su apelación a métodos claramente dictatoriales de represión contra sus opositores, es decir, a legitimar a sus sectores más extremistas y a aislar y debilitar a los que de aquel lado -que los hay- quieran abrir procesos serios de diálogo y negociación hacia una transición aceptable para todos del autoritarismo a una democracia plena.

Así que a Almagro habría que decirle la frase aquélla que el rey de España le dijo alguna vez al incontinente Chávez: ¿Por qué no te callas? Y aún más: ¿Por qué no dejas de hacerle el mandado a Maduro? Alguna vez la historia sacará las cuentas y podrá determinarse que este secretario general de la OEA sólo retardó la salida del madurismo del poder. Y seguramente ya no será recordado.

* Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio

@eochoa_antich